En Banlieu
Esta es la historia de Verónica. O mejor dicho, una de sus historias.
Una tarde, durante el viaje de vuelta a casa, se fijó en un chico mestizo, de rasgos negros y color blanco con rastas y sin camisa, que llevaba sólo una guitarra por equipaje.
Y decidió seguirlo. De forma tan espontánea como llega un estornudo. París es una ciudad en gran medida segura, siempre que no se abandone el centro. Adentrarse en “banlieue” aprés la soiree puede ser una aventura, por decirlo así, inquietante.
En la parada en que se bajaba, Verónica abordó al chico e iniciaron una conversación que les llevaría a acercarse al local judío de comida para llevar. Y entre mordiscos a un “Shoraima”, se conoceron.
El viaje aún continuó con un segundo autobús en el que la gente la miraba avisándola del peligro con los ojos, negando con la cabeza, con el silencio tenso que les acompañó hasta la última parada en donde se bajaron ambos solos en mitad de la nada. Entonces él echó a correr por lo que debiera ser un aparcamiento abandonado, gritando, berreando, como lo hace un animal que escapa del encierro. Y allá saltó Verónica desde el autobús al fondo de la noche.
- ¡grita, grita…! – Le dijo el chico mulato.
Y ella gritó también por la voz entrecortada por la carrera. Ye en el camino se cruzaron con contrabandistas de droga, que respetuosamente se apartaban de su paso. Él les gritaba a ellos también como león que se siente amo y señor de la tierra que pisa.
Recorrieron el aparcamiento, un páramos y atravesaron una autopista y en un pequeño monte entre los cruces de un escalectric, se encontraba un único árbol y debajo el hogar, que con maderas y cartón aquel muchacho había construido para sí.
Entraron disponiéndose a pasar la noche allí. Fumaron toda la marihuana que Verónica llevaba encima.
Verónica había vuelto tan sólo de vista. Ella estaba enamorada de un hamaicano que había encontrado su nido en París, y al que había conocido en el call center donde ambos trabajaban.
Tas dos semanas de vivir en una nube verde, el día en el que tenían que regresar, una empleada de la compañía aérea les comunicaba que tras cinco horas de retraso el vuelo se posponía hasta el día siguiente. Pero que la compañía tenía a bien, obsequiar a los pasajeros con una noche en el hotel que quisieran.
-¿seguro que en el hotel que queramos? - preguntó Verónica en su mejor francés.
- Si, por supuesto.
- Pues entonces- prosiguió Verónica, mirando de reojo a la audiencia de pasajeros franceses con rostro de desesperación – Entonces, que sea en el hotel Victoria.
La azafata regresó momentos después, tras haber realizado un par de llamadas telefónicas.
- Lo sentimos mucho, pero el hotel Victoria está completo.
- No me lo puedo creer, lo que ocurre es que no quieren pagar el importe del alojamiento.
- Lo sentimos mucho, pero está completo.
- Usted ha dicho que nos alojarían en el hotel que eligiéramos, y hemos elegido el hotel Victoria. Y yo no voy a ir a un hotelucho de mala muerte donde me desangre los traficantes de droga.
En este momento un rumor recorrió el público de pasajeros con destino a París y un par de señores con pelo cano se dirigieron a la azafata, apoyando la opinión de Verónica.
- Usted nos ha prometido alojarnos en el hotel que eligiéramos, hágalo entonces.
La azafata dio dos pasos atrás y pidió que la disculparan para poder hablar con su superior.
Momentos después y con el rostro azorado por la tensión comunicó a los pasajeros:
- Señores, acabamos de tener conocimiento de que un grupo acaba de cancelar su reserva en el hotel Victoria y en su lugar han sido ustedes aceptados.
- ¡Hurra!- Gritó Verónica, que en su vida nunca había podido estar acostumbrada a ganar.
Aquella noche la pasaron en el glorioso Hotel Victoria Regina en el centró de la capital.
Dos días después de regresar de las vacaciones, Verónica saludaba a su ex al entrar al trabajo.
- Hallo!
- Don’t say me “Hallo” any more, do you understand? So pleas, don’t say me any word at all!!
- Ok!- acertó a contestar Verónica y se dispuso a tomar asiento en su puesto habitual de trabajo. Aquel día no era el suyo, las entrevistas al teléfono no salían bien. Pero nadie podía adivinar del porqué de sus cercos negros bajo los ojos y qué era lo que había estado haciendo la noche anterior.
- ¿Y a qué te dedicas?- preguntó Verónica para iniciar una conversación. El tipo tenía un cuerpo perfecto, bien modelado, tostado y vigoroso. Pero hedía de tal manera que la sola idea de que la tocara le repugnaba.
- Pues a vivir. Me gusta sentirme vivo… y por eso corro, salto, estoy siempre en movimiento. Cuando el sol está alto viajo la ciudad y allí toco la guitarra. Con lo que gano tengo más de lo que necesito.
Verónica estaba asombrada. Sin embargo, el hedor de aquella habitación era tan fuerte, que se podía masticar. Así que buscó una excusa para salir.
- Voy a hacer pipí…- dijo.
- Hey, puedes hacerlo aquí, en este rincón es donde yo lo hago. Así que no tengas problemas.
- -¿Quieres que haga pipí delante tuya?- Interrumpió Verónica con un grito.
- Me da igual…
Y ante tal respuesta, la chica salió de la cabaña y el chico se sentó a esperarla en la puerta.
- No, vete, no quiero que me mires haciendo pipí.
Pero él no se inmutaba.
- ¡Que te he dicho que no quiero que me veas cuando hago pipí!!- gritó furiosa.
- Grita todo lo que quieras, que nadie te va a oír.
Y en medio del humo de la marihuana y el dolor se abrió paso en su cabeza, como un cuchillo, la sensación de peligro.
- Me quiero ir.- dijo- ¡ya!
- Pues no hay autobús hasta las cinco.
- ¿Qué hora es, entonces?
- Las tres y media.
- Pues voy a esperarlo, sentada aquí fuera.
- ¿Pero qué dices?- gimió él- ahí hace frío.
Era a finales de marzo, cuando la primavera apenas si empezaba a sonreír sobre el cielo de París. Sin embargo las noches continuaban siendo frías. Las horas pasaron tan lentas como sólo lo hacen cuando se desea que pasen.
Cuando por fin Verónica llegó a casa, sintió el calor y su hogar como un refugio. Por fin pudo sentarse sola y en silencio. Tres horas más tarde al entrar en la oficina saludó a su ex y la respuesta la dejó helada.
El negro jamaicano, de melena raspa leonada volvió la vista a la computadora y un silencio breve se hizo en todo el call center.
- Ok! - Respondió Verónica y se dirigió a su puesto de trabajo, encendió el ordenador y fue a servirse una taza de café.
Cuatro meses después la encontré en Berlín. El jamaicano decidió seguir con su mujer, dueña de una productora que acabó atrayéndolo a Paris con prometiéndole la fama y terminó de amarrarlo con un hijo. La falta de cariño la cubría con dinero y regalos caros y el trabajo en el call center internacional, una tapadera para que su hombre no se sintiera inútil.
Por supuesto que nunca aprendió francés, porque un norteamericano no necesita hablar otra cosa.
Atrás quedaron los viajes a Colombia con Verónica, donde por 25 dólares compraban un kilo de hierba. Por supuesto, que no en cualquier parte, sino en la zona marginal de Bogotá. Quien tuvo que abandonar el hotel para hacer la compra tuvo que ser ella. Dejó caer lo que quedaba de su cigarrillo al ver al tipo que le traía la mercancía. Quería terminar rápido, volver al hotel, fumarse la hierba y follar con su negro hasta morirse.
Antes de darle la bolsa, el tipo que se la traía se agachó a recoger la colilla que ella había tirado para acabar de fumársela.
-¡Qué asco de miseria!- pensó.
Los atardeceres en Bogotá son hermosos. Desde la altura a la que la ciudad está situada se dispone de un buen panorama. La contaminación hace nubes enormes que el sol colorea al ponerse.
Nada que ver con el cielo de Berlín, siempre gris.
1 comentario
Santiti -