Nürnberger Weihnachtsmarkt
Hace un par de años tuve la suerte de poder asistir a la inauguración del mercado de Navidad de Nuremberg. La tradición de dicho mercado se remonta, junto con la de la ciudad, a la época medieval. Tiempo en el que se daban cita en el lugar comerciantes de todo el mundo, corazón del nacimiento de la burgesía, para intercambiar objetos de todo género tales como especias de oriente, oro de áfrica, frutas de Italia, vino francés y toda clase de sortilegios, perfumes y pócimas contra enfermedades y mal de ojo.Todo el gremio de artesanos se ha dado cita hasta el día de hoy en dicho mercado. Y aun cuando el trabajo manual haya perdido status, se respira todavía la magia de la obra hecha con paciencia y sin prisas. Se reedita así la tradición una vez más, adoptando aspectos de la moda de cada época. Cambiando para que, según decía Séneca, nada cambie.
No es necesario esperar a una ocasión especial para pasearse por dicho mercado. Nuremberg siempre tiene algo que celebrar y la excusa bien puede ser un dia soleado. Sin embargo, la época en la que por excelencia se muestra más hermoso, es la Navidad. Con un mes de anticipación comienzan los preparativos para que el treinta de Noviembre, se puedan ver a la vez todo el derroche de encanto y fantasía que encierra cada uno de los cientos de puestos que se agrupan en torno a la Frauenkirche (o Iglesia de las mujeres). Es a las puertas de esta iglesia, donde tiene lugar la ceremonia de inauguración. En cada vísperas de Navidad, es elegida una chica de entre las familias más famosas de la ciudad. En la tradición debe ser una virgen, que represente al Christkind. Sin embargo, la figura viene a ser como una imagen de la Estrella que anuncia el tiempo sagrado que se acerca.
Pues allí estábamos, una amiga espagnola y yo, tras una hora en pie, esperando al acontecimiento. La aglomeración de gente nos mitigaba el frío que, no obstante, hubiera podido ser mucho más feroz. En cada corrillo se comentaba lo inusual de esta vez, y era que la chica elegida tiene padres extranjeros –Spanische Eltern, oh!-. Cosa que evidenciaba su apellido tan rematadamente español: Sánchez. El hecho había creado controversia en una zona tan tradicional como es Baviera, hasta el punto que incluso los periódicos locales se habían hecho eco del tema, llegando a ocupar las portadas de las vísperas al acto. No obstante, la elección había salido adelante y finalmente todos esperábamos con interés a que aquello comenzara.
La fachada gótica estaba a oscuras, sin embargo se adivinaba movimiento en el interior de la iglesia. Podíamos imaginar los nervios, el trajín y las prisas del momento. A nuestro alrededor, mujeres mayores, parejas con crios y entre ellos mezclados ya, caritas orientales y ojillos morunos. Todos bien tapados con sus atuendos de colorines contra el frío. Realmente en Alemania, la infacia tiene un rostro muy dulce. Entretenidas haciendo chistes sobre todas estas cosas, se nos pasó la hora en un vuelo. Así que, finalmente un foco iluminó un pagno azul entre dos mástiles rematados con sendas estrellas, situados en el balcón de la iglesia. En todo el mercado se hizo un silencio expectante.
Al caer la cortina, apareció la Chriskind.
Estaba ataviada según las normas que la costumbre impone, con una corona de rayos de luz sobre una peluca de rizos rubios hasta los hombros. El traje de túnica blanca envuelto en una capa de oro plisada que al extender las manos para dirigirse al público daba el efecto de un aura dorada que la rodease. A ambos lados se encontraban damas de honor con trajes en rojo, negro y oro. A primer golpe de vista le recordaban a una la reina de “Alicia en el país de las maravillas”, pero con alas. Le seguía a ambos lados la comitiva de pajes con trompetas. Todo ello de una estática rigidez solemne, acorde con el marco medieval en el que se encontraban.
Comenzó entonces el discurso de la estrella, con el acento perfecto de quien había nacido y crecido en el país. Así es pues, que la chica de dieciseis estaba hablando al público de Nuremberg y a la miscelánea de estranjeros que nos encontrábamos allí.
Realmente el discurso imagino que no tendría mucha variación de un agno para otro, acerca de la Navidad que viene, la infancia que todos hemos disfrutado, los necesitados de nuestra ayuda, etc..
Hubo un momento en el que la Christkind se calló. Se había quedado en blanco por un instante y un rumor recorrió inmediatamente la plaza. Así las juega la memoria, cuando en el momento en que todos tienen los ojos puestos en tí, te arrebata las palabras de la boca.
No obstante, prosiguió la muchacha con seguridad la frase, apagando al murmullo con una voz quizás menos pretenciosa que al principio, terminando el discurso con el golpe dorado que su capa daba al extender los brazos hacia el púbico y posándolos después en el hombro de sus acompañantes.
Así es como, de repente, toda la iglesia se iluminó. Y con ella los árboles y todo el mercado provocando una exclamación y los aplausos de los que allí nos encontrábamos. Y era toda una luz tan cálida en mitad de aquel frio, que alegraba a la gente. El coro infantil en la puerta de la iglesia entonaba “Noche de Paz”, pero en versión original y todo aquello era el remate de lo Navideño.
No obstante, en mitad de aquel acto emblemático de raiz germana-medieval, se encontraba aquella chica de nombre hispano. Quizás como representación del espíritu de la nueva Europa, tan joven como ella.
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Marijose -
Santiti -